La carretera a Taupo la recorrimos al atardecer y nos maravilló, con sus subidas y bajadas y un puente en mitad de una garganta espectacular.
En la ciudad decidimos que había que “hacer algo”, así le preguntamos al de información que alternativas gratis nos ofrecía la ciudad y la respuesta fueron, pasear por la orilla del lago, visitar una cascada, una tienda que vende miel, una fábrica de hacer vasos soplando, que eran 5 dólares, y las aguas termales que eran 6 dólares … “casi gratis”. Pareciendo que Nueva Zelanda es de los países que entienden por gratis gastar 6 dólares, acabamos visitando la tienda de miel viendo casi todo tipo de productos producidos con miel, el que quiera saber que investigue, se sorprenderá.
Por una parte, la vista a la tienda de miel nos dio la clave para corroborar que a pesar de estar en las antípodas y pensar que lo de “aquí abajo” sería diferente, la verdad, es que hasta la miel viene de la abejas, los ríos y los lagos tienen agua dulce y hasta Susan Boyle es un ídolo por aquí. Y eso que esta gente, tiene pies de Hobbit , son más grandes y son capaces de vender productos con “cajas de honestidad” (lo explicaremos en otra entrada, pero en resumen es un caja donde tu pones el dinero que tienes que pagar por el producto sin que nadie te vigile) por lo que les hacia algo diferentes, pero no. Tenemos más cosas en común con nuestras antípodas de lo que pensábamos antes de llegar.
Al día siguiente, en Orakei Korako, vimos geiseres, mood pools (burbujas saliendo del barro) ... porque esta zona es de alta actividad geotérmica y sale el calor por todas partes. Esta bien para entretenerte por un par de horas, pero poco más.
De ahí nos dirigimos a Rotorua. En el camino recogimos a un autoestopista mexicano. Intercambiamos información del país, ya que él iba a zonas donde nosotros ya hemos estado y viceversa. Al llegar a Rotorua, visitamos el punto de información con el mismo éxito que tuvimos en Taupo. Esta zona es de gran cultura Maorí, pero nada a precio asequible – un hangi, comida tradicional maorí, costaba 60 dólares (40 euros). Y si le añadías un espectáculo maorí, por menos de 100 dólares imposible. Así que lo cambiamos por un bocadillo de atún y queso (pero de calidad, por supuesto).
Ahí reservamos una “actividad” de aventura en las cuevas de Waitomo.
Waitomo es una zona donde hay más de 300 cuevas documentadas y cartografiadas, y existen varias empresas dedicadas a actividades de aventura y relax, pero sobretodo, los más visitado son las cuevas de las glow worms o luciérnagas (que son insectos de barriga brillante, o mierda fluorescente, según quien te lo cuente, aunque lo último no vende tanto, claro). Que después de alimentarse de otros insectos, se convierte en luciérnaga pero sin boca, asi que lo único que quiere hacer es tener sexo con otras de su especie y acaba muriendo al de 2-3 días en las redes de otro larva de luciérnaga. Vamos que es un animal carnívoro, de mierda fosforescente, que cuando se hace mayor solo piensa en sexo ….. (sin comentarios).
Hay varias compañías que ofrecen todo tipo de aventuras en las Cuevas, rafting “de aguas negras” es de lo más popular, aunque nosotros preferimos algo de rappel, espeleología, e investigación andando (gateando, para ser exactos).
Fueron cuatro horas muy divertidas, y nuestros guías se tomaban muy en serio la seguridad, comprobando todo el rato los arneses y esas cositas. Tuvimos suerte y al final la excursión sólo fue para nosotros dos, así que no había riesgo de compartirla con ningún estadounidense veinteañero de esos “thriller-seeking”, o “busca-emociones-fuertes” que nos hiciese ir corriendo, e intentando adaptar nuestro cuerpo a las grietas en un tiempo record (en vez nos tomamos nuestro tiempo, por ejemplo cuando me quedé enganchada en un agujero y tuvieron que empujarme para que pudiese colarme,- ah que bella la espeleología…).
Al acabar, nos fuimos de prisa, porque nuestra siguiente “couch” nos esperaba en Turangi (léase, a un máximo de 80 por hora cuando hay buena carretera, que es todo lo que da nuestra Chuski. El máximo en cualquier carretera son 100 km/h. ).
El camino una vez más, valió la pena hacerlo al atardecer.
Joanna, holandesa que lleva 30 años viviendo aquí nos acoge, y conocemos a la otra persona a la que tiene acogida: Henar es catalana, y es una de los pocos españoles que hemos conocido por aquí.
Al día siguiente alquilamos un kayak, y aunque al principio nos costó dominarlo al bajar por un canal lleno de curvas, (lo único que hacíamos era irnos contra la maleza), conseguimos dominarlo, y disfrutar de las vistas del lago.
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